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  • “Persigue tu felicidad y no tengas miedo, y las puertas se abrirán donde menos lo sospeches.”
    Joseph Campbell
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    De todo un poco.
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  • Evangelio del 30 de octubre del 2014

    Evangelio según San Lucas 13,31-35.
    En ese momento se acercaron algunos fariseos que le dijeron: "Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte".
    El les respondió: "Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado.
    Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén.
    ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste!

    Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!".
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  • BENDICIONES PARA TODOS ¡¡¡

    LES DEJO ESTA INFORMACION IMPORTANTE PARA PODER DEBATIR CON FUNDAMENTOS Los símbolos de la noche de Halloween y que significan

    El último día de octubre, la presión que tienen los padres, los abuelos y los colegios para celebrar la fiesta de Halloween es mayúscula, porque se ha convertido en una zafra de ventas para los comerciantes y buscan promocionarla.

    Parece una fiesta inocente donde los niños se disfrazan y hacen cosas de “miedo”, y seguramente en la inmensa mayoría de los casos no haya ninguna intención maligna ni esotérica, y es probable que a los chicos no les suceda nada pero…

    Ha habido testimonios de cosas demoníacas que les sucedieron a personas, y no es de extrañar que esto suceda, porque el 31 de octubre es la fiesta más importante en el calendario satanista.

    Halloween es una fiesta basada en el miedo, la muerte, los muertos vivientes, la magia negra y los monstruos míticos.

    Los “personajes” que se suelen asociar a Halloween incluyen a los fantasmas, las brujas, los gatos negros, los trasgos, los banshees, los zombis y los demonios, así como ciertas figuras literarias como Drácula y el monstruo de Frankenstein.

    Los colores tradicionales de Halloween son el negro de la noche y el naranja de las primeras luces del día. Los símbolos de Halloween también incluyen elementos otoñales como las calabazas y los espantapájaros. En todo esto es posible advertir una mezcla de símbolos claramente demoníacos con otros que no lo son.

    CALABAZA

    Aunque no se concibe una fiesta de Halloween sin esta hortaliza, la calabaza no es un símbolo propio del primitivo Samhain ni del Halloween que celebraban los pueblos célticos de Europa. Los emigrantes irlandeses descubrieron la calabaza al llegar como colonos a América.

    Hoy día, en la noche de Halloween los niños norteamericanos se disfrazan y van de casa en casa con una vela introducida en una calabaza previamente vaciada.

    Cuando se abren las puertas de las casas estos gritan truco o trato, para dar a entender que gastarán una broma a quien no les de una especie de aguinaldo, golosina o dinero.

    DULCES

    Otra costumbre muy arraigada en Halloween es la de pedir y comer dulces. Según parece la tradición comenzó en Europa en el siglo IX cuando, cada 2 de noviembre (Día de todas las Almas, Day of All Souls), los cristianos iban de pueblo en pueblo pidiendo “tortas de alma” que eran pedazos de pan dulce.

    Cuantas más “soul cakes” recibían, más prometían rezar por la paz de los familiares fallecidos de los que les daban tal limosna. Con el tiempo esta costumbre se fue fusionando con la fiesta de Halloween hasta convertirse en otro rasgo típico de la celebración.

    NOCHE DE BRUJAS

    Cuenta una antigua leyenda las viejas brujas hacían una reunión en dos ocasiones durante el año: el 30 de abril y el 31 de octubre; satán realizaba la convocatoria y ellas acudían montadas en sus escobas, como las configura la tradición popular, para compartir hechizos y sabiduría negra en aquellas fiestas macabras, llamadas akelarres.

    Hoy en día la noche de Halloween es reconocida por todos los satanistas, ocultistas y adoradores del diablo como víspera del año nuevo para la brujería. Para muchos, es la noche en que los poderes satánicos y de brujería están en su nivel de desarrollo más alto.

    Es lógico pues que sus ritos se hayan ido mezclando con la celebración actual del Halloween, hasta el punto que Halloween es denominado igualmente la noche de las brujas.

    La palabra “bruja”, en inglés, “witch” deriva del viejo término sajón “wicca, o “sabio”. Y es que se pensaba que las brujas, al ser poseedoras de la magia, poseían también la máxima sabiduría.

    Las brujas son adoradoras de las deidades de la naturaleza y poseen talismanes vivos o símbolos por los que ellos sacan sus poderes oscuros. Invocan a los más malévolos espíritus para entrar en los cuerpos de sus talismanes. Unas tienen perros, búhos, las serpientes o cerdos como símbolos de su poder, pero el talismán más común es el gato.

    En estas creencias negras, el palo de escoba es un símbolo del falo masculino, sobre el que la bruja monta y da saltos.

    GATOS NEGROS

    Si el gato era considerado símbolo de la divinidad entre los egipcios, los celtas, por el contrario, desarrollaron un miedo particular a este mítico animal, pues creían que los gatos negros era la forma felina en que algún poder demoníaco había transformado a una persona, es decir, los gatos eran personas malditas En la leyenda, la diosa céltica Wicca se convierte en un gato negro para cometer el incesto con su hermano, lucifer.

    Se dice que el cuerpo del gato negro no es más que el disfraz que utilizan las mismas brujas para pasearse tranquilamente por la ciudad, para pasar desapercibidas.

    Por eso una de las tradiciones de Halloween advierte que si un gato negro se te cruza por delante en esta noche la mala suerte caerá sin remedio sobre tu cabeza. ¿Sin remedio? Noooo, hay un antídoto: cuando te pase eso da inmediatamente siete pasos hacia atrás y ¡maldición conjurada!

    JUEGOS DE HALLOWEEN

    Los chicos se divierten de muchas formas en Halloween, una noche tan terrorífica; algunas de las opciones que tienen son:

    Buscar espíritus: los chicos van al cementerio o simplemente en sus casas, se encierran en sus habitaciones y en grupos juegan pronunciando cosas, para llamar a los espíritus de los muertos.

    Fiestas en una casa: lo festejan haciendo fiestas en sus casas con todo tipo de distracciones, en las que pueden participar los padres y abuelos, que cuentan a los niños viejas leyendas terroríficas.

    La casa de los horrores: en este caso, los pequeños entran a una casa de terror creada por los padres para que se diviertan sus hijos con sus amigos, con monstruos colgando, maniquíes, cosas que te saltan, vísceras asquerosas de plástico y a veces con la idea de que aparte de que te lleves un buen susto, juntes puntos y te lleves un premio (juguetes o dulces).

    OTROS SÍMBOLOS DE HALLOWEEN

    Búho: símbolo de oscuridad. Los brujos usan el sonido de este animal para ahuyentar según ellos, los poderes de las tinieblas. Tienen su imagen como amuleto de buena suerte.

    Sapo: Fue una de las plagas enviadas por Dios sobre el pueblo egipcio, ya que ellos lo consideraban sagrado y le rendían culto.

    Vampiros: En la época de los druidas los demonios eran representados por esta figura. Luego ya sabéis toda la mitología de Drácula y de los chupacuellos.

    Máscaras: Son caras falsas o rostros que muestran lo que realmente no es una persona, la usaban los bufones para hacer reír a los reyes de Roma.

    Media luna y las estrellas: Usadas en las prácticas del ocultismo, brujería, magia y símbolos adoptados por la ” nueva era” según ellos nos encontramos en la era de “acuario” (astrología, creencia en los astros).

    Bolas de cristal: Utilizadas por los astrólogos y nueva era, también poseen similitud a las prácticas donde se emplean cuarzos, pirámides, péndulos para según ellos traer buena suerte o magnetismo positivo y producir hipnotismo.

    MORDER LA MANZANA

    Al parecer “morder la manzana” ha sido siempre el símbolo de buena fortuna La primera persona en morder una manzana sería la primera en casarse al año siguiente.

    La peladura de la manzana sería una adivinación de lo largo que sería su vida.

    Más macabros, en Escocia se ponen manzanas en la puertas y quien las tocaran o tirara en la noche de brujas estaba destinado a morir al año siguiente.

    LAS HOGUERAS

    La noche del 31 de Octubre los druidas erigían una enorme fogata de año nuevo (para ellos el año nuevo, la nueva vida, el aumento de sus poderes ocurría la noche de Samhain).

    Quemaban animales, fogatas y seres humanos como sacrificio a su Dios sol y a Samhain, su divinidad de la muerte. Durante esta ceremonia diabólica la gente usaba disfraces hechos de cabezas y pieles de animales. Entonces practicaban adivinación, saltaban sobre las llamas o corrían a través de ellas, bailaban y cantaban. Todo esto era hecho para ahuyentar a los malos espíritus.

    Sus máscaras con sangre coagulándose y sus grotescos disfraces servirían para verse ellos mismos como espíritus malignos, y así engañar a los espíritus que entrarían ese día al mundo de los vivos y evitar ser lastimados por ellos

    Fuentes: Halloween Yaia, Signos de estos Tiempos

    PAZ Y BIEN ¡¡¡¡¡¡¡
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  • BENDICIONES PARA TODOS ¡¡¡

    EL SANTO DE HOY FUE UN GRAN COLABORADOR DE DON BOSCO :

    Beato Miguel Rúa
    Año 1910

    En el año 1852 San Juan Bosco se encontró en la calle con un grupo de jovencitos que le pedían les regalara alguna medalla. A cada uno le obsequió su medalla, menos a uno pálido y delgaducho, de noble mirada, al cual el santo haciendo como que partía su brazo izquierdo con la mano del derecho le dijo: "A ti sólo te doy esto". El jovencito no entendió qué significado podría tener esa acción, pero 30 años más tarde, le preguntará a Don Bosco: "¿Qué me quiso decir en mi niñez cuando me ofreció regalarme la mitad de su brazo?", y el santo le responderá: "Te quise decir que los dos obraríamos siempre ayudándonos el uno al otro y que tú serías mi mejor colaborador". Y así fue en verdad.

    Miguel Rúa nació en Turín (Italia) de una modesta familia. Hizo sus estudios de primaria con los Hermanos Cristianos que lo apreciaron mucho porque era sin duda el alumno de mejor conducta que tenían en su escuela.

    Y resultó que al Instituto de los Hermanos iba San Juan Bosco a confesar y los alumnos se encariñaron de tal manera con este amable santo que ya no aceptaban confesarse con ningún sacerdote que no fuera él. Y Rúa fue uno de los que se dejaron ganar totalmente por la impresionante simpatía y santidad del gran apóstol.

    Al quedar huérfano de padre, empezó a frecuentar el Oratorio de Don Bosco, donde los muchachos pobres de la ciudad iban a pasar alegre y santamente los días festivos. Allí oyó un día que el santo le preguntaba: "Miguelín: ¿nunca has deseado ser sacerdote?". Al jovencito le brillaron los ojos de emoción y le respondió: "Si, lo he deseado mucho, pero no tengo cómo hacer los estudios".

    "Pues te vienes cada día a mi casa y yo te daré clases de latín", le dijo Don Bosco. Y así empezó el joven sus clases de secundaria.

    Más tarde Don Bosco lo envió a que recibiera clases de un excelente profesor de la ciudad, y cuando le pidió informes acerca de su alumno, el profesor respondió: "Es el mejor de la clase en todo: en aplicación, en conducta y en buenos modales".

    San Juan Bosco deseaba mucho fundar una comunidad religiosa para educar a los jóvenes, y se propuso formar a sus futuros religiosos de entre sus propios alumnos. Y al primero que eligió para ello fue al joven Rúa. Le impuso la sotana y se interesó porque fuera haciendo sus estudios lo más completamente posible.

    En 1856 Don Bosco hizo una curiosa votación entre los centenares de alumnos de su Oratoria de Turín (en el cual había muchos internos). Las preguntas eran estas: 1ª. ¿Cuál es el más santo y piadoso de los oratorianos? 2ª. ¿Cuál es el más simpático y buen compañero de todo el Oratorio? La segunda pregunta la ganó Santo Domingo Savio, porque en simpatía y compañerismo no le ganaba ninguno. Pero la primera la ganó por amplia votación el joven Rúa. Según el parecer de sus compañeros era el más piadoso y santo de todo el gran colegio. Y esto es mucho decir, porque allá había muchos jóvenes sumamente piadosos y santos.

    Rúa fue el primer alumno de Don Bosco que ordenado de sacerdote se quedó a colaborarle en su obra. Fue también el primer director de colegio salesiano y el hombre de confianza que acompañó durante 37 años al gran apóstol en todas sus empresas apostólicas. En él depositaba San Juan Bosco toda su confianza y era en todo como su mano derecha.

    Del beato Miguel Rúa hizo San Juan Bosco un elogio que envidiaría cualquier otro religioso o sacerdote. Hablando con algunos salesianos dijo el santo: "Si Dios me dijera: hágame la lista de las mejores cualidades que desea para sus religiosos, yo no sé qué cualidades me atrevería a decir, que ya no las tenga el Padre Miguel Rúa".

    Cuando el Padre Rúa fue nombrado para ser director del primer colegio salesiano que se fundaba fuera de Turín, le pidió a su maestro Don Bosco que le trazara un plan de comportamiento, y el santo le escribió lo siguiente: "Ante todo trate de hacerse querer, más que de hacerse temer. Recuerde lo que decía San Vicente de Paúl: ‘Yo tenía un carácter demasiado serio y un temperamento amargo, y me di cuenta de que si no hay amabilidad, se hace más mal que bien en el apostolado. Y me propuse adquirir un modo de ser amable y bondadoso’. Este sea su plan de comportamiento". Miguel Rúa conservó toda su vida estos consejos y llegó a practicarlos de manera admirable.

    San Juan Bosco decía al final de su vida: "Si el Padre Rúa quisiera hacer milagros, los haría, porque tiene la virtud suficiente para conseguirlos". Pero la humildad de este santo sacerdote era tan grande que jamás se atrevía a querer obtener nada extraordinario. Él nunca hablaba de sí mismo. Pero un día, ya ancianito, le preguntaron los religiosos jóvenes: "Padre, ¿nunca le ha sucedido algún hecho extraordinario?". Y él, por bromear, les dijo: "Sí, un día me dijeron: ya que está reemplazando a Don Bosco que era tan milagroso, por favor coloque sus manos sobre una enferma que está moribunda. Yo lo hice, y tan pronto como le coloqué las manos sobre la cabeza, en ese mismo instante... ¡la pobre mujer se murió!". Los seminaristas rieron ante semejante final que no esperaban, pero se dieron cuenta de que lo sucedido en realidad era que no le gustaba hablar a favor de sí mismo.

    Cuando San Juan Bosco era ya muy ancianito, el Santo Padre León XIII le dijo: "Dígame cuál es su sacerdote de mayor reemplazo". El santo le dijo que era Miguel Rúa y este recibió el encargo Pontificio de reemplazar a Don Bosco cuando muriera. Y así lo hizo en 1888 al morir el santo. Quedó Rúa elegido como Superior General de los salesianos y en los 22 años que dirigió la Congregación Salesiana, esta multiplicó por cinco el número de sus religiosos y abrió casas y obras sociales en gran cantidad de países.

    Los salesianos decían: "Si alguna vez se perdiera nuestra Regla o nuestros Reglamentos, bastaría observar cómo se porta el Padre Rúa, para saber ya qué es lo que los demás debemos hacer". Su exactitud era admirable. Siempre amable y bondadoso, comprensivo con todos y lleno de paciencia, pero exactísimo en el cumplimiento de todos sus deberes.

    Cuando Rúa tenía apenas unos 25 años, un día se enfermó muy gravemente y mandó llamar a San Juan Bosco para que le impusiera los santos óleos y le llevaran el viático. El santo respondió: "Miguel no se muere ahora, ni aunque lo lances de un quinto piso". Y después explicó el por qué decía esto. Es que en sueños había visto que todavía en el año 1906 (40 años después) estaría Miguel Rúa extendiendo la comunidad salesiana por muchos países del mundo. Y a él personalmente le dijo después: "Miguel: cuando ya seas muy anciano y al llegar a una casa alguien te diga: ‘Ay padre, ¿por qué se ha envejecido tan exageradamete?’, prepárate porque ya habrá llegado la hora de partir para la eternidad". Y así sucedió. Al principio del año 1910, el Padre Rúa fue a Sicilia a visitar un colegio salesiano y un antiguo discípulo suyo, al verlo le dijo: "Ay padre, ¿por qué se ha envejecido tan exageradamente?". El santo sacerdote palideció y se preparó a bien morir.

    Y el 6 de abril de 1910, después de exclamar: "Salvar el alma, eso es lo más importante", expiró santamente. Había dedicado su existencia totalmente a tratar de hacer amar más a Dios y a colaborar totalmente a tratar de hacer amar más a Dios y a colaborar en la salvación de las almas.

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  • EL VIAJE

    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
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  • EL VIAJE

    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

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    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

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    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
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    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
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    y, en mi deseo de lograr la altura,
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    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
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    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
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  • EL VIAJE

    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
    groups.wall
  • EL VIAJE

    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
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    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

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    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

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    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
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    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

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    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
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  • EL VIAJE

    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
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    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

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    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
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    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
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  • EL VIAJE

    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
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  • EL VIAJE

    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
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  • EL VIAJE

    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
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  • EL VIAJE

    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

    Joaquín Fernández González.
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  • EL VIAJE

    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
    y que terminará en advenimiento.

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    Mi balanza terrena se debate de tal manera, que pienso: ¿Será amor lo que me lleva?, que pienso: ¿Será el amor lo que me tiene aherrojado al mundo con este cuerpo tan pesado, tan sólido, que me impide volar?
    Y es que me quiero alzar, quiero ascender entre las nubes de colores que sueño, entre las melodías que oigo en mis silencios, entre las sonrisas calladas, subrepticias, cómplices, entre los arcanos y mi alma.
    Entonces mi andanza me aligera los pasos y parece que falta el terreno al pisar, que se me acaba el camino, que mi hálito vital está cansado, se agota y ¿cómo no llorar?; no sé si lo hago por quedarme o por marchar; es mucho lo que se queda aquí, pero es tanto lo que me espera…
    ¿Por qué, Señor, me haces reír y llorar a un tiempo? ¿Por qué no marcharme y, de vez en cuando, abrazar a quienes quiero aquí? ¿Por qué no me hiciste solidario con tu Gloria y con mi mundo?
    Sé que ascenderé, que me vestirás con alas de una potencia tal que iré hacia ti, raudo, célere, suelto, veloz, pero también sé que no me atreveré a pisar tu Cielo; ¿quién soy yo para hollar tu hogar, tu santuario, tu intimidad?
    Quisiera tener en tu atrio una pequeña estancia desde donde, cobijado, pudiese verte, aunque fuese de lejos.
    Ello será, es, mi meta, mi ilusión.
    Será mi destino final, un destino que no terminará jamás.
    Será el acaecimiento, el descanso, la luz y la contemplación.
    La vida, mi vida, sigue.
    Quiero que pueda más mi ilusión que mi realidad.
    Pero tú Señor, dame lo que creas conveniente, lo que esté escrito, que yo, todo, lo acataré feliz, Señor, pero no me prives de tu presencia, no me niegues “tu pan y tu sal”.

    ¿Es verdad lo que pienso? ¿se me alcanza
    comprender lo real de mi postura,
    y, en mi deseo de lograr la altura,
    soy firme en mi actitud con esperanza?

    ¿No es cierto que se acaba en mi acechanza
    el terreno que piso en mi andadura,
    y que al encanecer mi arquitectura
    casi adivino el fiel de mi balanza?

    No es abismo el final de mi camino;
    es escalera a un cielo que adivino
    y en el que está vacío mi aposento.

    Dispuesto estoy para iniciar un vuelo
    que hará colmar mi paz y mi desvelo
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    Joaquín Fernández González.
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  • Recen las oraciones urgentes y breves que le debemos decir a Dios para que haya paz y tranquilidad en todo Medio Oriente y en todo el mundo que son (con sustento bíblico):
    *Recemos: A tí Dios Padre te pido por los méritos de la pasión de Jesús y en el nombre de Jesús y a la Virgen María para que no hayan guerras, ni bombardeos, ni terremotos, ni temblores, ni desastres naturales en todo el mundo Y HAYA PLENA Y TOTAL PAZ EN TODO MEDIO ORIENTE Y HAYA PLENA PAZ EN TODO COREA DEL NORTE Y HAYA PLENA PAZ EN TODA SIRIA Y HAYA PAZ ENTRE PERU Y CHILE Y HAYA PAZ EN TODA UCRANIA, y haya paz en todo Irak, y haya paz en toda Venezuela, y haya paz en toda Gaza y en todo África, y TODO ELLO HASTA EL FIN DE LOS TIEMPOS, y que haya paz entre los Estados Unidos y Corea del Norte, y que la Iglesia Católica solucione sus problemas Y HAYA PAZ PARA LOS CRISTIANOS EN IRAK. Amén.
    A tí Dios Padre en el nombre de Jesús, invocando el nombre de Jesús y por los méritos de la pasión de Jesús y por el amor que nos tienes te pedimos para que haya paz en todo el mundo y no hayan guerras en todo el mundo y no hayan consecuencias de los pecados ni más pecados en todo el mundo y para que todos y el todo se salve ahora y siempre. Amén.
    Y pedimos así: A tí Dios Padre en el nombre de Jesús te pedimos para que todo lo malo que puede suceder antes de la segunda venida de Jesús no llegue a suceder y no haya más calentamiento global, ni abortos, ni eutanasia, ni parejas homosexuales en todo el mundo. Amén. (Dios espera que le digas todo esto una vez todos los días, como mínimo y propaga estas oraciones)*.
    *Sustento bíblico: En el Evangelio de San Juan capítulo 14 versículo 13 y 14 dice: Todo lo que pidan a Dios Padre en el nombre de Jesús será concedido, y todo lo que pidan invocando el nombre de Jesús también será concedido. Además pedir “por los méritos de la pasión de Jesús” se nombra en el diario de Sor Faustina y en el Vía Crucis de San Alfonso Ligorio como algo importante para que lo que pidamos a Dios sea concedido.
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